Plato

PADRE RAÚL HASBUN

2022-01-14T08:00:00.0000000Z

2022-01-14T08:00:00.0000000Z

Diario Financiero

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HUMANITAS

No espere el lector una reflexión sobre gastronomía o vasijas alimentarias. Tampoco una descripción de personas cuyas sabrosas irreverencias o hilarantes metidas de pata justifican decirle, coloquialmente. “tú eres un plato”. El título, “Plato”, corresponde a una frase latina atribuida a Aristóteles: “Amicus Plato, sed magis amica veritas”. Se puede traducir como “Soy amigo de Platón, pero más amigo de la verdad”. Aristóteles fue discípulo de Platón, a quien admiraba, respetaba y quería. Tal vez este afecto por Platón le inspiró a Aristóteles su clásica definición del amigo: el que quiere que tú existas y vivas, quiere tu bien y trabaja por tu bien, convive y conversa gratamente contigo, compartiendo contigo bienes y destino. Admirador de Aristóteles, Tomás de Aquino construyó sobre esta definición de amistad su teología de la gracia y la caridad. ¿A dónde apunta esto de ser “más amigo de la verdad que amigo de Platón”? Nuestra admiración, respeto y cariño por una persona arriesga cegarnos ante sus defectos, o al menos mirarla con el solo ojo de la aprobación incondicional. Ceguera y parcialidad que nos impiden manifestarle sus malos hábitos y urgir su corrección. Callarlos todo el tiempo sería traicionar la amistad: dar un buen consejo y corregir al que yerra son obras de misericordia, gestos de amor. Por eso deben hacerse por amor y con amor. Jesucristo enseñó los requisitos concurrentes a que el amigo se corrija de sus malas acciones o costumbres. Llamarle la atención o reprenderlo, primero a solas. Respetando su pudor y autoestima. Con humildad: consciente, el corrector, de que un día podrá estar en la posición de ser corregido. Esperando el momento oportuno: al jugador recién expulsado de la cancha se le recomienda no hacer declaraciones antes de recuperar su frialdad cerebral. Si el corregido, pese a todo lo anterior, se muestra terco y recalcitrante en admitir sus defectos, se reanuda la corrección con dos o tres testigos: su sola presencia le envía una señal, “esto se está sabiendo, mejor hago algo”. Y si todavía no se corrige, se le denuncia ante el responsable de la comunidad, que podrá intimarle medidas coercitivas, sin excluir un juzgamiento procesal. Admirable ejercicio de gradualidad en la corrección, reprensión y castigo de alguien que admiramos y queremos. Nunca se olvidará lo que constituye el motivo original y objetivo final de la corrección al amigo: que cambie de conducta. O, en lenguaje de Jesús, que se convierta, es decir, que vuelva a ser el niño de corazón puro que Dios y sus padres trajeron al mundo. Corregir, reprender, denunciar, castigar sólo se entienden a la luz de este motivo y objetivo primordial. Sin él, estos cuatro actos transparentan más venganza y sadismo que justicia y amistad. El plato de corregir es sabroso si se condimenta con y para el amor.

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