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SIETE ESCENAS EN LA HISTORIA DEL DIRECTOR PAOLO BORTOLAMEOLLI

POR Patricio De la Paz - Foto: Patricio Melo

Acaba de dirigir el estreno en Chile de la ópera “El viaje a Reims”, en el Teatro Municipal, donde regresará el 7 y 9 de diciembre para un concierto con la Novena Sinfonía de Mahler. Sentado en su camarín, el director de orquesta repasa escenas que han marcado su trayectoria profesional y humana. Recuerdos donde se cruzan su padre, sus días de pianista, su hijo, su amor por Mahler y sus años en Estados Unidos junto al famoso Gustavo Dudamel.

Mientras habla, con su índice izquierdo apunta a la salida del camarín que está ocupando en el Teatro Municipal de Santiago, donde en un par de horas dirigirá la ópera El viaje a Reims, de Rossini. Con los ojos clavados en la puerta, dice: “Todo esto que te cuento pasó exactamente ahí”.

Y lo que Paolo Bortolameolli (41) cuenta es una historia pasada, que para él fue clave. Tenía 7 años y había venido con su padre, Rodolfo, a escuchar la Quinta Sinfonía de Beethoven, que dirigía el maestro italiano Michelangelo Veltri. Cuando la presentación terminó, aún sentado en su butaca, Paolo no paraba de llorar. “No sé qué me pasa papá, porque no es tristeza lo que siento”, explicó, con la voz cortada. Minutos más tarde, cuando su padre lo llevó a saludar al director al camarín, el niño se puso a llorar de nuevo; parado junto a la puerta que ahora, 34 años después, muestra con un dedo.

“Mi padre me traía al Municipal desde que yo tenía 5 años. Lo primero que vi fue

La flauta mágica. Pero la Quinta Sinfonía de Beethoven cambió mi vida. Siempre digo que tuve una epifanía a los 7 años. Nunca volví a ser el mismo niño. No sabía que existía esa emoción”, dice.

Y confiesa que ahí -en esa escena que es la primera que recuerda en esta tarde cargada a la memoria- empezó a germinar el músico que es actualmente, uno de los más destacados directores de orquesta chilenos de su generación. Que luego de estudiar Piano en el Conservatorio de la UC y Dirección en la Universidad de Chile, hizo un Master en Yale y se instaló en Estados Unidos. Desde allí ha recorrido el mundo a cargo de óperas y conciertos. En Santiago dirigió este mes las funciones de estreno en Chile de El viaje a Reims; y regresa el 7 y 9 de diciembre -también al Municipal- con la Novena Sinfonía de Mahler.

El piano del abuelo

Otra escena, esta vez más familiar. Así la cuenta Paolo: “Mi papá era fanático de la ópera, los conciertos, el ballet. Por el lado materno, el eje musical era mi abuelo, quien estudió piano desde los 5 años, pero se fue por el lado de las leyes. Nunca dejó de tocarlo, yo me ponía debajo del piano a escucharlo tocar. A mi mamá, Marcela, siempre le gustó la ópera. Su hermana menor estudió piano, me acuerdo porque la Clau es apenas seis años mayor que yo y nos criamos como hermanos. Entonces, el soundtrack de mi vida siempre fue la música clásica”.

Bortolameolli estudió piano por 12 años. Primero con clases particulares; luego en la UC. “Aunque cuando entré, todos sabían que quería ser director de orquesta”, señala. De esa época es su tercera escena recordada. “Fui muy porfiado en el Conservatorio, lo cual moldeó mi personalidad. En mi caso se aplicaba absolutamente que no tenía dedos para el piano, porque era hiper laxo. Armar la mano, ponerla en posición, me costaba mucho. Eso hizo que tuviese que estudiar más, aplicar más técnica, para tener dedos firmes. Otra porfía que recuerdo es cuando se abrió un concurso para tocar de solista con la Sinfónica de Chile. Mi profesora me dijo que interpretara Beethoven, y yo le dije que quería Tchaikovski. Le pedí que me diera dos semanas, en las cuales ni dormí preparándome. Luego ella me dio el pase y estudié todo el verano. Gané el concurso”.

Gracias primavera

El debut de Bortolameolli como director de orquesta en Chile fue en diciembre de 2013. Nada menos que con La consagración de la primavera, de Stravinski. Y en condiciones muy particulares.

“El Teatro Municipal había sufrido un incendio dos semanas antes, así que me presenté con la Filarmónica en el Caupolicán. Una sola función. Fue impresionante, muy bonito. Resultó después de casi dos años de conversaciones con Andrés Rodríguez, director del Municipal en esa época. El concierto fue emocionante, era mi primera vez dirigiendo una orquesta tan importante, con un repertorio que amo, con una euforia del público increíble. Parecía concierto de rock”.

Amor por Mahler

Se demora en reconocerlo. Se excusa diciendo que un músico pasa por muchos amores. Pero confiesa: “Creo que Mahler es el favorito. Es el compositor más importante para mí en este momento”. Lo escuchó por primera vez a los 15 años, en su discman. “Me enamoré para siempre”.

No sorprende, entonces, que su concierto más querido es cuando estrenó en Chile la Octava de Mahler, en el Caupolicán, en enero pasado. Esa es la quinta escena de esta tarde:

“Lo preparamos seis meses, porque es monumental. Dos coros de adultos, uno de niños, ocho solistas, una orquesta de 140 músicos. En el Caupolicán no cabía un alfiler. Me acuerdo que estaba en mi camarín y escuchaba la gente aplaudiendo. Había euforia aún antes de que tocáramos una nota. De repente se abren las puertas y salimos. Eso nunca más lo voy a sentir, lo que significó estrenar esta obra insigne. No hay nada que se le parezca. Fue el concierto de mi vida”.

Y entrega un dato extra: su hijo, Andrea, cantó en el coro de niños. Su madre lo hizo en uno de los de adultos.

LA, Dudamel (y Bradley Cooper)

Hasta mayo, cuando decidió dar un paso al costado para impulsar su vuelo propio, Bortolameolli llevaba seis años trabajando en la Filarmónica de Los Angeles, Estados Unidos, al lado del venezolano Gustavo Dudamel, uno de los directores más celebrados del mundo. Dudamel es el director titular de esa orquesta; y el chileno fue, primero, su director asistente y luego director asociado. Allí conoció a personalidades como John Williams, el famoso compositor de música de películas, “sencillo como un abuelito amoroso; cuando lo vi por primera vez me dieron ganas de echarme a llorar de emoción”, dice Bortolameolli. También compartió con Bradley Cooper, amigo de Dudamel y con quien se encontraban en el camarín y en los ensayos. Sobre todo en el tiempo en que el actor estaba preparando Maestro, su película sobre Leonard Bernstein.

“Pero si tuviese que llevar a una escena la esencia de lo que pasó en Los Ángeles, obviamente que tiene que ver con situaciones compartidas con Gustavo. Hay un momento que yo digo que cierra este círculo. Él me invitó a dirigir a Barcelona, como colegas. Compartíamos hasta el camarín. Recuerdo estar los dos sentados, viendo una partitura. Él me pregunta algo musical: ‘Paolo, ¿qué opinas de esto?”. Le respondo que yo lo estoy haciendo de una manera, pero que él puede hacer lo que quiera. Entonces me dice: ´No, porque esto lo estamos haciendo juntos’”.

La vida es un círculo

Pero hay una escena más. La séptima y última. Que tiene que ver con la primera, como si la vida girara en redondo. Porque también se trata de un niño de 7 años emocionado hasta las lágrimas con la música.

Dice Paolo: “Mi hijo Andrea viaja mucho conmigo. El año pasado me acompañó cuando hice el estreno de La flauta mágica en Barcelona. Mi hijo se emocionó como yo nunca lo había visto. Me fue a ver al camarín llorando. Me abrazó y me decía: ‘Papá, te salió precioso’. Yo estaba conmocionado. Él estaba así a sus 7 años y me acordé cuando yo tenía esa edad y Beethoven me destapó las emociones. Una cosa como metafísica me voló la cabeza. No dormí esa noche. Era demasiado hermoso”.

PERSONAJE

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2023-11-19T08:00:00.0000000Z

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